RUTAS DEL DESARRAIGO
En los últimos años, los procesos migratorios en América Latina han experimentado transformaciones profundas que han reconfigurado tanto las dinámicas internas de los países emisores como las políticas de acogida de los países receptores. Chile, Colombia, México y Estados Unidos se han consolidado como destinos claves para migrantes provenientes, principalmente, de Cuba, Venezuela y El Salvador. Estos desplazamientos no responden únicamente a motivaciones económicas, sino que están marcados por crisis políticas, sociales y humanitarias que obligan a miles de personas a buscar alternativas de vida fuera de sus territorios de origen. El análisis de estas experiencias migratorias permite comprender no solo las cifras y tendencias que las acompañan, sino también las historias individuales que revelan las dificultades, vulnerabilidades y resiliencias de quienes se ven forzados a emprender estos viajes. Hacia allí apuntó el estudio «Nuevas Olas Migratorias en las Américas», de la fundación 4Métrica, cuyos resultados recoge este especial multimedia.
Cruzar el continente:
Itinerarios migratorios de cubanos y venezolanos hacia Chile
Desde la década de los 2000, Chile pasó de ser un país emisor de migrantes a ser un país receptor. Particularmente, la nación sudamericana ha sido destino de miles de migrantes provenientes de Venezuela y Cuba, impulsados por crisis políticas, económicas y sociales en sus países de origen. Aunque ambos flujos comparten un trasfondo humanitario, sus características y magnitudes son muy distintas.
Para llegar a Chile, los venezolanos suelen cruzar hacia Colombia, de ahí a Ecuador o a Perú y, finalmente, al país austral. Los cubanos transitan un camino más largo. Desde la isla, pueden viajar en avión hasta Venezuela o Guyana. El segundo punto de su viaje es Perú; de los Andes peruanos cruzan por frontera terrestre hacia Chile.
La migración venezolana se ha convertido en la más numerosa del país, alcanzando las 728 586 personas en 2023, un 38 % del total de migrantes en Chile. Su crecimiento ha sido vertiginoso: duplicó su volumen desde 2018 y se concentra mayoritariamente en la Región Metropolitana. Se trata, en su mayoría, de personas jóvenes en edad laboral, con una distribución de género casi paritaria. Sin embargo, el 34.7 % se encuentra en situación migratoria irregular, un salto notable respecto al 0.4 % registrado en 2018.
La migración cubana, por su parte, ha tenido un crecimiento moderado. En 2023, se estimaron 19 557 personas de origen cubano en Chile, apenas el 1.1 % del total de población extranjera. También se concentran en Santiago y, en menor medida, en Tarapacá. Predominan los hombres adultos, aunque destaca un 10 % de personas mayores de 60 años. La migración irregular afecta al 10.8 % del total.
Pese al carácter forzado de muchas de estas salidas, el acceso a protección internacional es limitado. Entre 2018 y 2023, se presentaron más de 16 000 solicitudes de refugio entre ambos grupos, pero solo 67 venezolanos obtuvieron el reconocimiento. Ningún cubano fue aceptado.
Los mayores riesgos en esta ruta son la inseguridad alimentaria, la alta accidentalidad del Paso de Chacalluta, el tráfico de personas y la extorsión.
Cubanos hacia Chile
María nunca sueña, pero anoche soñó que no la dejaban salir de Cuba. A pesar de tantos años de migración, las viejas heridas nunca sanan del todo.
Ella y su hijo empezaron su viaje en Guyana, ese país acorralado entre gigantes latinos, que es una pequeña mezcla de muchas cosas y culturas que, a primera vista, parecen ajenas y no dispuestas a mezclarse. Llegó al aeropuerto de Georgetown en primavera. Estuvo en el país unos días y luego inició la travesía por tierra.
«Desde Guyana a Brasil caímos en manos de coyotes, nos metieron terror pa’ que pagáramos».
La llegada a Brasil fue verde: un bosque exuberante e imponente, un río marrón, tantas plantas que es imposible distinguir una de otra. En Perú, empezaron los problemas.
En el cruce fronterizo, un agente peruano le pidió dinero para extorsionarla.
Entraron a Chile sin nada. «Un hombre, que nos iba a cruzar para Chile, nos dijo que necesitábamos plata chilena. Nos cambió los 100 USD (95 000 CLP) por 5 000 CLP (5.25 USD) y nos dijo que eso nos iba a costar el taxi hasta la ciudad. Era falso. Uno cae en esas redes por desconocimiento, porque no conoce el cambio de moneda».
María lleva ya un tiempo en Chile y dice que se ha acostumbrado a algunas cosas. Pero a otras no. Por ejemplo, en invierno toca la ventana y aún se sorprende de lo helada que está y de sus dedos marcados en el cristal por la condensación. Ya no duerme igual de bien que antes, quizá temiendo soñar otra vez que no lo dejan salir de Cuba.
Venezolanos hacia Chile
Miladys tiene un salario de 524 000 CLP (528 USD) y un trabajo infinito de entre diez horas y 12 horas. Ella es de Ciudad Guayana y se fue en las últimas olas migratorias, las posteriores a 2020, cuando ya nadie creía eso, pana, de «ahora sí, Venezuela se arregló», a pesar de la reiteración.
Llegar a Colombia no fue difícil para ella y su niño. En la frontera, un guarda les pidió 60 USD para dejarlas pasar. Se dio cuenta de que fue una especie de chantaje por el niño. Más allá de eso, el tránsito fue rápido por una región que antaño era un solo Gran País.
«La ruta fue durísima: Venezuela, Cúcuta, Ecuador, Perú, Bolivia y al fin Chile. En Colombia nos quitaron plata varias veces, en Perú fue horrible, policías y choferes cobraban lo que les daba la gana. Con niños fue un riesgo arrecho, dormir en plazas, pasar frío, y aguantar humillaciones. Pero también hubo gente buena, sobre todo en Ecuador, que nos trató con humanidad. Llegamos con casi nada, flaquitos, cansados, pero con la esperanza de empezar de nuevo sin miedo, y darle un futuro distinto a nuestros hijos».
En Perú, los problemas vinieron al final. El desconocimiento fue una bendición. Madre e hija cruzaron el Paso de Chacalluta a pie sin saber que era terreno minado. Llegaron a salvo, contra todo pronóstico.
«Yo me fui de Venezuela por cuestiones políticas».
Mi mamá quería reelegirse como diputada de la oposición y sectores afectos al Gobierno entraron y le destrozaron su casa. Se tuvo que mudar conmigo. Más tarde, enfermé de covid y no había lo mínimo para mantenerme ni a mí ni a mi hija, que también tiene problemas de salud».
Para Miladys no es tanto lo que trabaja, sino la lentitud de las horas en Santiago. Las horas de trabajo no pueden dividirse. Ella siente la presión del tiempo, sobre todo, cuando llega a casa y tiene que atender a su niña, lavar los platos y uno de sus compañeros de casa, a quien apenas conoce, la mira y la acosa. Miladys consultó con el dueño del apartamento y este le dijo que sí, que podían desalojar al hombre por su comportamiento. Pero aún sigue ahí.
Colombia, ruta del exilio
Desde mediados de los años 2010, Colombia se ha consolidado como destino clave para personas migrantes forzadas, especialmente, las provenientes de Venezuela y, en menor medida, de Cuba.
El caso venezolano representa el mayor desplazamiento humano en la historia reciente de América Latina. Más de 2.8 millones de venezolanos residen actualmente en Colombia. Lo que comenzó como una migración con intención de retorno, se ha transformado en un asentamiento más duradero, a medida que la crisis en Venezuela se profundiza.
Por otro lado, aunque en cifras más reducidas, la migración cubana ha ido en aumento desde 2020. Muchos de estos migrantes llegaron tras desvincularse de misiones médicas oficiales en Venezuela, o utilizaron Colombia como escala en rutas irregulares hacia otros destinos.
Tanto la población venezolana como la cubana en Colombia comparten condiciones estructurales de vulnerabilidad que dificultan su integración plena. La informalidad laboral, la falta de acceso a una vivienda digna y las barreras persistentes para acceder a servicios básicos como salud y educación son parte del panorama cotidiano para miles de personas migrantes.
Los principales riesgos de las rutas de venezolanos y cubanos se encuentran en la frontera entre Venezuela y Colombia. Existen allí denuncias de abuso de poder y autoridad y explotación laboral. Sin embargo, los mayores riesgos para los migrantes en tránsito parecen estar en el Tapón del Darién, cerca de la frontera con Panamá. Dichos migrantes suelen ir en camino hacia México o Estados Unidos.
Cubanos hacia Colombia
Para Gloria, Colombia era el inicio de algo. La solución de algunos problemas y el nacimiento de otros. Llegó de Venezuela, y a Venezuela llegó desde Cuba: era médico de las brigadas internacionalistas, aunque ya no ejerce.
Gloria, de mediana edad, abandonó la misión para tomar la ruta que la llevaría hacia Estados Unidos. En Colombia, la historia se torció y tuvo que quedarse.
«El cruce fue lo más duro…, desde Caracas salimos por trochas, siempre escondidos, esquivando alcabalas. Yo iba con miedo porque a muchos compañeros ya los habían detenido: les quitaban los documentos, el dinero, y los dejaban con lo puesto. Cuando por fin logramos pasar a Colombia, pensé que lo peor había quedado atrás, pero no. Apenas entrando nos detuvieron unos hombres uniformados, con banderas en la manga… no sé si eran militares de verdad o disidencias, pero nos pidieron 400 USD por persona».
En Colombia, al menos, no está bajo la supervisión del Gobierno cubano. Pero, paradójicamente, siendo ella doctora, no tiene acceso a la salud pública ni sus hijos adolescentes a la educación. Como tenía pasaporte oficial, pudo entrar sin visado. Pero es como si nunca hubiera entrado, como si ella no viviera allí.
Venezolanos hacia Colombia
Un compañero de viaje le dio algunas galletas y mayonesa a su hijo. Horas después, el niño vomitó. El médico de una ONG le dijo que era «normal», «señora», que le «había caído pesado», que era una cicatriz del hambre. Están en el Darién —«sí, hay algunos médicos en el Darién»—y van en la misma dirección que los demás.
«Salí de Aragua con una amiga que iba pa’ Cúcuta a comprar y revender. Ella me llevó hasta allá y de ahí agarré bus pa’ Bogotá. No fue tan caro, pero me tocó pedir ayuda a mi mamá y a un pana, porque yo nunca ahorraba nada. En ese tiempo, todavía se podía pasar caminando por el puente Simón Bolívar, sin tanto rollo. El viaje sí fue duro: puras curvas, 17 horas de camino, todo el mundo mareado, y luego otras 17 horas de regreso… dos días enteros rodando».
Cuando se fue de Venezuela le dio las llaves a un vecino para que le regara las plantas. Le dio instrucciones precisas de abrir las ventanas cada tanto, para que la humedad no se comiera su hogar. Hizo un acuerdo con él de volver a buscar las llaves en un año, quizá dos. Hace poco se enteró de que el vecino también escapó y le dejó las llaves de ella y las de su casa a alguien más, que a su vez las dejará en el futuro con otra persona.
Hace cuatro días que no come. Todavía falta mucho para Houston, donde tiene una prima. El médico del Darién le dijo que le diera fruta a su hijo, para romper el hambre. Y que después probara de nuevo con las galletas.
Movilidad en riesgo:
trayectorias migratorias hacia México
México se ha convertido en un espacio clave de convergencia de múltiples flujos migratorios que se mueven en diversas direcciones. Entre ellos se encuentran los migrantes mexicanos que, en su mayoría, buscan llegar a Estados Unidos, las personas retornadas desde ese país, la migración internacional en tránsito; y, con creciente relevancia en los últimos años, las personas migrantes que buscan establecerse de forma permanente en México.
La migración venezolana, una de las más visibles de la región, ha registrado un aumento sostenido. Por ejemplo, entre enero y marzo de 2024, el Gobierno mexicano registró 359 697 migrantes en tránsito o ingreso a México, de los cuales el 24.94 % afirmaron ser venezolanos, lo que se traduce en más de 89 000 personas. En 2025, una nota de Bloomberg situó en 106 000 el número de migrantes y refugiados venezolanos en el país azteca. Los venezolanos suelen recorrer Centroamérica hasta llegar a territorio mexicano.
En paralelo, el flujo migratorio desde Cuba ha crecido de forma exponencial desde que Nicaragua eliminó el requisito de visado para cubanos en 2021. Esa medida facilitó una ruta terrestre hacia EE. UU., cruzando Centroamérica y México. Entre 2022 y 2023, más de 424 000 cubanos fueron interceptados en la frontera sur estadounidense, un récord histórico. Algunos cubanos viajan en avión hasta México; otros lo hacen a Nicaragua, desde donde cruzan a Honduras o El Salvador, de ahí a Guatemala y finalmente a México.
De acuerdo con estimaciones recientes, podría haber cerca de 41 000 cubanos residiendo en suelo mexicano. Aunque en 2025 ese número podría crecer si contamos los migrantes indocumentados impedidos de entrar en Estados Unidos. Solo hasta mayo de 2024, el Instituto Nacional de Migración contabilizó más de 27 000 migrantes cubanos en situación irregular en tránsito por el territorio nacional.
En el caso de El Salvador, aunque los niveles de violencia han disminuido tras el régimen de excepción impuesto por el Gobierno de Nayib Bukele, nuevas restricciones a los derechos civiles, junto con la persistente precariedad económica, siguen empujando a miles a migrar hacia el norte.
Hasta 2024, la población salvadoreña en México estaba compuesta principalmente por personas en tránsito o en situación irregular, aunque también hay un número creciente de solicitantes de refugio. Según datos de finales de 2024, 56 300 salvadoreños han iniciado un Procedimiento Administrativo Migratorio (PAM) por estar en situación irregular, mientras que entre enero y noviembre de 2024 al menos 5 262 salvadoreños solicitaron refugio en México. Los salvadoreños tienen una ruta más corta en comparación con las otras dos comunidades. Desde su país van hacia Guatemala y de allí a México.
Debido a la política antiinmigración de la Administración de Donald Trump, muchos migrantes no han podido realizar el tránsito hacia Estados Unidos y han tenido que quedarse en México.
México es, posiblemente, uno de los países de Latinoamérica más peligrosos para los migrantes. Los riesgos en las rutas por territorio mexicano incluyen posibilidad de secuestro, abuso de autoridad, riesgo de asesinato, extorsión, violencia sexual, entre otros.
Cubanos hacia México
No lo tenía planeado, pero Monterrey se convirtió en su nuevo hogar. Yamilé no lo tenía pensado, pero, como dice, hay que resignarse. Estuvo muy cerca. Tan cerca que tenía ya la cita de CBP One y los pasajes comprados para el norte de México.
La política le dijo que no. Se tuvo que quedar en México. Ella intuyó que algo no estaba bien. Los acontecimientos la apabullaron y se vio forzada a tomar una decisión, como quien esquiva un golpe y tiene que contraatacar. Le tomó algunos días, pero se sintieron como segundos.
Tuvo que conseguir trabajo de lo que fuera. No le han hecho contrato y no cotiza. Aunque cree que le va bien, que nunca hubiera podido ganar eso en Cuba y que puede comer y vestirse y vivir.
«Yo tenía amigos aquí. Ya se fueron. Estaban esperando su cita de CBP para irse. No me queda nadie acá».
Yamilé se siente mal por su esposo y su hijo, porque estaban ilusionados. Soñaban con «llegar». Primero a Nicaragua, El Salvador, México. Cada frontera era una victoria. Claro, se siente mal también por ella misma. Pero, de alguna manera, en el fondo, se siente bien. Se siente bien porque ha podido manejar la situación, porque ahora le puede enviar «alguito» a su mamá en la isla, porque el niño se adaptó a su nueva vida.
Venezolanos hacia México
Llega en avión a Tijuana desde Caracas y se queda pensando en ese logro de la ciencia y de la migración segura. Antaño, desplazarse era privilegio de pocos y las travesías eran largas e inseguras. El desplazamiento requería cierto esfuerzo físico. Ahora, el esfuerzo es mental, más que nada. Tiene 66 años, se jubiló hace uno y se mudó con una de sus hijas a México.
«Mi migración no fue específicamente política, aunque en Venezuela todo es político. Cobraba menos de 3 USD de pensión. ¿Cómo no iba a ser político? La Embajada de México fue muy amable conmigo. Les escribí una carta para acompañar a mi hija, que me necesitaba, por razones humanitarias. Me atendieron rápido. Y me aprobaron la visa. Ahora estoy aquí. Pero no renuncio a mi tierra».
Salvadoreños hacia México
Tenía miedo. Miedo de que pasara una patrulla de la Guardia Nacional Mexicana; miedo de que la guardia no los encontrara si les pasaba algo. Miedo de no poder conciliar el sueño; miedo de dormir demasiado. Miedo de lo que dejaba en casa: problemas familiares, autoritarismo, violencia. Miedo a quedarse sin dinero; miedo a tener mucho y que lo extorsionaran. Miedo a tener que identificar el cuerpo de algún compañero de viaje; miedo de no saber a quién perteneció ese cuerpo que le muestra el forense. Miedo de que sus padres mueran antes de que vuelva; miedo a tener que llevarlos consigo y no poder mantenerlos.
«Me fui por las pandillas. Yo ganaba bien en El Salvador, pero siempre que cobraba me extorsionaban los pandilleros. Hasta que de un día para otro le dije a un amigo que si quería irse conmigo. Y nos fuimos».
Es un viaje corto, pero donde pueden pasar muchas cosas. De El Salvador a Guatemala, de Guatemala a México. Es joven, tiene 25 años, y puede aguantar —físicamente— ser desplazado. Ha visto muchas cosas en su corta travesía. Una mujer mayor enferma de COVID-19 que tuvo que arreglárselas sola; dormir 25 personas en una habitación, metidos a la fuerza por los coyotes; usar la colchoneta sucia que algún otro desplazado utilizó la noche anterior.
Estados Unidos:
Nuevas rutas al sueño americano
El panorama migratorio hacia Estados Unidos ha cambiado en las últimas décadas. Desde mediados del siglo XX, los mexicanos fueron el grupo de migrantes que más se desplazó hacia Estados Unidos. Desde principios del siglo XXI han cobrado fuerza migraciones desde países como Cuba, Venezuela y El Salvador, cada una con causas y trayectorias particulares.
El caso cubano tiene larga data: tras la Revolución de 1959, Estados Unidos se convirtió en su principal destino. Miami continúa siendo el enclave central, aunque en los últimos tres años se ha diversificado la llegada de cubanos a otras regiones. Desde 2021 y hasta 2024, más de 680 000 cubanos emigraron a Estados Unidos. Estas últimas oleadas están vinculadas a la crisis económica, el descontento político y la represión en la isla, factores que han impulsado récords históricos de salidas.
Los cubanos tienen dos rutas fundamentales para llegar a Estados Unidos: la primera, la más directa, por avión hasta Florida, principalmente. La segunda empieza en Nicaragua y recorre varios países centroamericanos hasta llegar a México. En el país azteca, muchos cruzaban por la frontera sur de Estados Unidos y se «entregaban» a las autoridades migratorias al llegar.
Venezuela, por su parte, protagoniza el éxodo más masivo de América Latina en la actualidad, con 7.7 millones de personas desplazadas desde 2015. La crisis humanitaria bajo el régimen de Nicolás Maduro ha empujado a cientos de miles hacia Estados Unidos, especialmente tras el inicio de la pandemia. Muchos se sumaron al cruce fronterizo irregular por México, y alrededor de medio millón accedió a permisos temporales de permanencia bajo el programa parole humanitario de la Administración Biden (2023–24).
Los venezolanos son la comunidad que más viaja en avión hacia el país norteamericano. Los que hacen la ruta por tierra pasan por el peligroso Tapón del Darién, recorren Centroamérica hasta llegar a México y de allí pasan a Estados Unidos.
En el caso salvadoreño, la migración comenzó con fuerza durante la guerra civil (1979–1990) y se consolidó en torno a la capital estadounidense, Washington D. C., donde hoy existe una de las mayores comunidades de ese país. Aunque la violencia de pandillas y la precariedad económica han sido factores de expulsión por décadas, las recientes restricciones a derechos civiles bajo el régimen de excepción de Nayib Bukele mantienen vigente el flujo migratorio.
La comunidad salvadoreña en Estados Unidos es una de las más numerosas entre los grupos latinoamericanos. Según el Pew Research Center, en 2021 residían en el país alrededor de 2.5 millones de personas de origen salvadoreño, de los cuales aproximadamente 1.3 millones habían nacido en El Salvador y 1.2 millones eran nacidos en EE. UU.
Los mayores riesgos que enfrentan los migrantes en tránsito están concentrados en la frontera suroeste de Estados Unidos. Entre los riesgos más comunes está el peligro de naufragio en el Río Bravo, la inseguridad alimentaria, la desaparición forzada y los secuestros.
Cubanos hacia Estados Unidos
Para él, Miami era la tierra prometida. Creció escuchando los cuentos de balseros y delfines rescatistas y carritos de juguete. Llegó desde Cuba años «antes de que se cerrara la pila» y por la frontera, cruzó desde la ciudad mexicana Piedras Negras y entró con un documento que reza I-220A. «Nunca tuve amenazas de muerte directas, pero sí insinuadas. Todavía padezco secuelas de terror por eso».
Después vino la dureza migratoria de Trump y el travel ban y la invitación a autodeportarse. Sus mayores del barrio donde vive ahora le dijeron que viviría mejor que sus padres, y es cierto (la vara no es muy alta), pero tiene miedo de que lo regresen. Ha trabajado en la construcción sin papeles y condiciones inseguras, como housekeeper y mil cosas más.
«Yo quisiera que existiera un manual con todas las leyes y procesos resumidos, un libro que los migrantes pudieran leer y saber qué camino tomar, cuándo aplicar a alguna ayuda, qué decisión es la correcta. No lo hay. He buscado en Internet y no existe. Si existiera, todos los cubanos lo comprarían».
Salvadoreños hacia Estados Unidos
Llegó a Estados Unidos con 50 años desde El Salvador. La pandemia lo obligó a cerrar su negocio y decidió, a su medio siglo, empezar una nueva vida. Dentro de todo tuvo suerte. Para entrar al país se arrastró por el suelo, pasó debajo de árboles estrechos; sufrió arañazos en la cara y las manos. Conservó sus espejuelos, milagrosamente.
«Hacía mucho calor. Los coyotes entraron a una caseta donde la humedad era muy alta. Todos nos quitamos nuestras camisas y tuvimos que echarnos aires con esos pedazos de tela empapados. Una embarazada se desmayó. Los coyotes trajeron agua y logramos reanimarla».
Logró conseguir un permiso de residencia y desde entonces ha trabajado en hoteles y resorts de Tennessee, Pensilvania y Virginia. «Los salarios no son altos, pero me da para vivir con lo que puedo ahorrar. Lo que sobre, se le envío a mi familia allá en El Salvador».
Venezolanos hacia Estados Unidos
Vivió durante casi diez años en un pueblo rural cerca de Manizales, donde se dedicó a trabajar en el campo. Antes, se había mudado a Cúcuta desde Maracaibo, y luego a Medellín.
Pero dice que la cosa ya no es segura ni buena en Colombia y emprendió el camino de muchos. «Destapó el tapón», como diría su madre, pasó por Centroamérica y caminó tanto que ahora se encuentra en Estados Unidos. En México, pasó por la carretera de Ocotepeque, cerca de Río Higuito, donde escuchó que hace un tiempo murieron unos migrantes en un accidente. Luego lo detuvieron, pasó unos días en un centro de detención, salió. Escuchó que otros viajeros murieron en un incendio en uno de esos centros, en Ciudad Juárez.
Ahora, está en un país que le ha quitado oportunidades y protecciones. Sabe que los políticos quieren eliminar el estatuto de protección temporal para venezolanos, y sabe que eso es como decir que puede regresar. Ha caminado mucho.
El panorama migratorio en el continente americano refleja una realidad compleja y en constante evolución. Los casos de Cuba, Venezuela y El Salvador muestran que los flujos actuales son resultado de una combinación de crisis estructurales, persecuciones políticas, limitaciones económicas y violencia social. Chile, Colombia, México y Estados Unidos han recibido estos movimientos poblacionales con distintos niveles de apertura y restricciones, generando tanto oportunidades como barreras para la integración plena de las comunidades migrantes. Las historias personales expuestas en este recorrido evidencian que, más allá de los números, la migración implica pérdidas, adaptaciones forzadas y un esfuerzo continuo por reconstruir proyectos de vida. En este sentido, la atención a los derechos humanos, el acceso a servicios básicos y la implementación de políticas migratorias más inclusivas resultan esenciales para responder de manera efectiva a uno de los fenómenos más significativos de la región en el siglo XXI.